sábado, marzo 20, 2010

Caprichos...

No quiero ir a verlo, me da terror sólo pensarlo. Me he encerrado durante mucho tiempo en mi habitación, ya no deseo escuchar los reclamos de mamá; simplemente no puedo ir, no quiero.

Creo que no he conseguido dormir en tres días, apenas he salido para ir al baño y comer casi nada; no he tenido hambre en tres días, pero le partiría el corazón a mamá si no probara todos los platillos que prepara. Nunca ha cocinado tanto como ahora.

No entiendo por qué pero, aún siento un vacío en el estómago, una opresión en el pecho, me cuestra trabajo respirar, siento que me estoy volviendo loca. La ansiedad me ronda casi todo el día, tanto así que he mordido mis uñas casi hasta sangrar, me veo tan mal... en realidad creo que me veo como me siento, tal vez necesito un baño.

Camino hacia la tina arrastrando los pies, oyendo a mamá detrás de mí, proponiéndome salir, -Ahora no- le digo, - ... necesito un baño... - y ella sonríe maternalmente, pensando que el resplandor está por regresar, que ha llegado la resignación.

Cierro la puerta y el sonido que hace el pasador al girar aún hace eco en mi cabeza, cinco segundos después todavía lo escucho, diez segundos, veinte y sigue ahí, no me deja olvidarlo, acaso sea importante...

El agua tibia sale de la llave, se deposita ligera en la tina creando ondas continuas; cuando está a punto de desbordarse, giro la llave y el chorro cesa.

Poco a poco veo las prendas caer al piso, cuando me doy cuenta ya estoy desnuda. Mi cuerpo es pesado y se niega a moverse; una lágrima corre por mi mejilla y luego otra, brotan una a una resbalando por mi rotro, mi cuello y hasta perderlas de vista. De pronto he dado un paso, otros tres y estaré justo a un lado de la bañera, las piernas me pesan terriblemente, es como si se resistieran a llevarme hasta ahí, ¿por qué?

Me sumerjo en la tina, el agua está más fría de lo que creía, pero eso ya no tiene importancia; las lágrimas no cesan y entonces recuerdo que es jueves. Mis brazos flotan como peso muerto, la opresión en el pecho se ibera de pronto como un gemido de profundo dolor, va más allá de lo que haya sentido nunca, acompaña al llanto.

Cierro los ojos y vuelven a mí los recuerdos, me aplastan. El lunes llamaron muy tarde, llamaron para decirme que él había muerto... un accidente, dijeron, un auto a exceso de velocidad... fue al instante... y siento cómo se me quiebra el corazón, el espíritu, la voluntad. - No quiero ir a verlo... - digo entre sollozos y la opresión del pecho se libera un poco pero el vacío continúa.

Me siento desecha entre un mar de lágrimas y una tormenta de pensamientos. Estoy sentada con las piernas encogidas hacia el pecho y las manos sobre el rostro, haciéndome consciente de que he perdido la mitad de mi alma - ... no quiero ir...-.

De pronto abro los ojos y la veo escondida detrás de la llave: brillante, ligera y afilada, fría al tacto. - Ya no puedo más - me digo en un susurro y la deslizo por mi brazo húmedo y tibio. ¿Por qué estaba escondida?, me pregunto, mientras la hoja rasguña mi piel, mientras veo brotar mi propia vida. "No estaba escondida" dice una voz, que es la mía pero parece que no soy yo, "tú la pusiste ahí ¿recuerdas? Esa noche..."

El vacío es más grande que yo, me consume y recuerdo con claridad el lunes por la noche. Corrí al baño, mamá casi me descubre, no recordé cerrar la puerta, no giré el pasador... Yo la puse ahí.

Ahora todo lo que soy, lo que me mantiene viva, se mezcla con el agua tiñendola de inmediato y formando ondas caprichosas. Me cuesta mucho trabajo respirar, mis pies están pálidos y el agua a mi alrededor, helada. Ya no siento el vacío, creo que perderé el sentido... me embarga una sensación de alivio...

Después de todo, creo que iré a verlo...

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